El abrazo.

Uno de nuestros primeros encuentros fue en el pinar de un pueblo de la sierra de Madrid, una parcela urbana con ligera pendiente y algunos pinos centenarios al este.

Musgos pobres cubrían ciertas rocas de granito que surgían de la tierra. Pinacha acumulada y algunas flores extrañas, casi tropicales, nacidas en las calvicies de la roca eran los signos de una tierra abandonada. Teresa hablaba tranquila, trataba de explicarme las sensaciones que le producía el pisar del amanecer.  

Yo me esforzaba seria por entender lo que decía. Sonaba una casa orgánica, limpia, en armonía con el Planeta. Su modo de vestir tan sobrio, con tejidos vaporosos de calidad que seguro seleccionaba con mimo. Un detalle constructivo siempre le acompañaba, unos pendientes rotos, una pulsera joya, unas medias de extrema delicia sostenían su visión en calma de la casa. Mostraban coherencia, solvencia, y yo no iba a decepcionarla. Trabajaría a fondo hasta dar con el hogar perfecto.
                                                                           

Volví a la parcela sola en tres ocasiones más antes de perder mis alas. Me fui familiarizando con su brisa a suelo, con las teclas verdes de piano que se entrometían en la pendiente, con el olor a inmensidad de su media hectárea regia. Pensaba en cómo dar la espalda a la casa de teja fea pegada a la linde norte, en cómo convertir el deseo orgánico de Teresa en poliedros tangibles, y en cómo escuchar mi latido sin ponerme nerviosa por ser perfecta otra vez. Que la






Sobre la construcción orgánica se ha hablado bien y mal muchas veces, pensaba mientras, sentada en la roca alta, dibujaba los troncos de los árboles de la parcela preciosa contigua. Estos cortaban la composición monacal de pequeños huecos cuadrados de la fachada tan alargada de lo que, luego me enteré, era un cortijo de una antigua latifundia de la sierra. Aún vivía una familia importante. Lo olvidé rápido para dar paso a imaginar que, las vistas del Ocaso de mi clienta se convertirían en el silencio de las abadías, tan solo interrumpido por palos agrietados que dejaban colarse los rayos calientes del atardecer de invierno.

Siempre gustaba de hacerme míos los emplazamientos antes de ni siquiera atreverme a pensar en ideas y conceptos tontos que abrieran camino a la señal de pálpito y brillo. Si estos se entrometían en mi camino, los echaba rápido. Antes de atreverme a sentar distintas estrategias, me gustaba recorrer los enclaves a todas horas del día. Cada tarde era distinta. De noche me costaba ir, pero lo hacía. Sí. Era importante. Si contamos las horas totales que pasamos en una vivienda, uno se da cuenta de que la noche es dueña. Sin embargo, diseñamos espacios desde la perspectiva matutina. Allí marqué en agenda. Allí aparecí.

La cancela se abría con un candado numérico. La contraseña con la que había abierto otras veces no funcionó. “1961”. Cada vez que ponía un uno, la ruedecilla metálica se deslizaba hasta el tres. Lo intentaba con el segundo y, lo mismo, seguía hasta el tres. Estuve a punto de marcar el teléfono y llamar, pero era tarde. Insistí. Nada. Un tercer tres. Insistí. Nada. El último tres. Perpleja, renuncié. Cuatro treses en línea. El candado abrió. Miré alrededor. Vacilaba en qué hacer. No había un ánima. Inquietud. Estaba confusa, indecisa pero la fuerza de los treses arrastró mis piernas adentro.
 



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Una luz de la farola de la calle alumbra en cono los dos pinos más grandes que veo al cruzar el umbral. De vida, cien años. Si no fuera por el fuerte viento, no habría un solo ruido. Camino morosa desconcertada encendiendo una linterna que siempre llevo para estas ocasiones. Más allá de tres pasos me sorprende el aleteo de un pájaro amarillo que se para en el aire frente a mí. Aguanta su cuerpo a la altura de mis ojos cerrando sus alas. Mirada humana. Cuerpo de melón. Desafiante ¿Qué era eso? Los pájaros se resguardan cuando hay viento, y por la noche suelen dormir.

Hola Ana. El aire de aquí no es apto para respirar. No es seguro hacer una casa aquí. —me dijo contundente. —Vete.

Antes de que yo pudiera reaccionar continuó:

—No estarán a salvo. Necesitarán una segunda piel y no la tienen. No la tendrán. Rompe el contrato. (Y sé ciudadana del mundo).

Echó a volar dibujando tres círculos amplios en el aire y desapareció.









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Sentí pavor, di media vuelta y me fui corriendo a toda velocidad. Me asusté muchísimo. No podía pensar. Arranqué el coche y pedal veloz.

Llegué a casa. No pude dormir. Ni siquiera se lo comenté a mi marido. ¿Qué iba a decirle? Que un pájaro con voz ronca me amenazaba para no poder hacer mi trabajo. ¿Y qué le diría a Teresa? Pero ¿Por qué iba a hacerle caso a esa criatura grande de amarillo circense?

Cuando desperté tras veladas impares, decidí volver. Heredé de mi padre terquedad y surrealismo. No llegué a creer que algo así hubiera pasado y dudé de mí. Anulé la agenda de la mañana, cogí el coche y en apenas treinta minutos ya estaba agarrando el candado de nuevo. Como arrastrado por un imán, las ruedecillas bailaron solas al 3333.

Tensión.

Recorrí sin éxito el lugar buscando el pájaro. El centro de la parcela era un espacio calvo, sin árboles, la cota más alta. Saqué la cámara para fotografiar las viviendas de las fincas colindantes y poder evaluar las vistas a cuatro sentidos. Había una pequeña piedra rugosa parda. Me llamó la atención su color brillante. Parecía más bien un coral atlántico. La levanté y descubrí un nido enterrado de mariposas. Todas escaparon en orden de color. Las primeras azul turqués dibujaron un vasto círculo en el aire sobre la planicie. ¡Qué preciosidad! Las rosas se acercaron a la parte de la roca que nacía en la zona oeste. Hacían también un círculo. El coral seguía expulsando candelillas. Esta vez naranjas. Volaron hacia el norte de la parcela hasta el gran montículo granítico cubierto de musgo. Bordeaban la roca en círculo también. Tras un rato observando, me di cuenta de que tres pulcros círculos bailaban sobre mi cabeza a mi alrededor. Embobada con la magia. Sucumbí.




                                        






Tres. No podía ser casualidad. La serie del candado, los tres círculos del pájaro amarillo y ahora tres aros en cielo cual tules. Saqué mi cuaderno. Solo quería dibujar. Se presentó antes de tiempo ese momento que siempre llega, donde es el corazón es el que proyecta, y ya no puedo parar de crear. Dibujé los cuatro lados de la parcela. Enseguida coloqué los tres círculos celestes sobre el papel. Observé el croquis por un momento.

¿Qué podría significar aquello? Se me ocurrió fantasear con que podía ser una pista de arranque, una especie de sueño aclaratorio o…, chivato. Como si yo solo fuera una médium de una fuerza superior. ¡Qué sandez! Me interesó esa idea necia. Jugué, y ya no pude parar. Una línea empujó la siguiente. Rápido se estrellaban las tintas contra el cuaderno. Círculos en carrera. Uno enorme en el que rozaba tangente los lindes norte y sur, y dentro de él más esferas, curvas, serpientes, caminos, noche, día, islas de ropas, pasillos centrífugos, transparentes, vista perdida sin obstáculo, escalas, densidad, garaje. El horizonte rompe la cuarta pared y la quinta, todo es abierto, vidrio, luz a océano, más allá, puertas abiertas, todo desnudo. No hay tabique.




















Tres círculos, tres patios. Todo alrededor, mariposas tiran polen. La cubierta es un inmenso ovni verduzco en un solo plano que se ancla bisagra en un solo punto de retranqueo oeste. A partir de ahí, recorro cubierta. Las flores rojas y blancas que nacen a ras de suelo vegetal, me arrastran alegre montaña arriba. La cubierta, losa redonda, es un valle que se eleva por un único lado abriendo toda la vivienda al sur, hacia la parte más hermosa con sus pinos regios.

Me levanto caminando hacia ellos y en una cota se abre la tierra en curva. Una llaga de agua curva para nadar línea recta. Mientras nado, pierdo el ala, las alas, Se acaban de romper. Y me cuelo. Hay que esconder el drenaje, Lo que nadie quiere ver, pero debe ser. La fontanería sin salida. Pero que aguanta.  Sigo subiendo por la cubierta vegetal antes de caer del todo en la herida, borrando límite entre topografía y cubierta. Estoy en el punto más alto. No voy a decepcionar a la ciudadana del mundo. El abrazo. Quiero su abrazo. La casa se abre tapa en conserva al salir el sol y no estás sola. Segunda piel. Si la hay. ¡Sí! No cedas al boicot. Si la tendrán y te abrazarán. Y lo conseguirás, aunque no vueles. Serás mariposa rota, amarilla, pero no eres pájara. Humana. Sí. Humana y brillante. Lo tienes.

Es bueno. El mejor proyecto. Lo sabes. El abrazo se llamará. Lo dice Teresa. Ella confía. Es el mar, tapiz de seda.






Y todo se eleva veinte grados hacia el sur. Cota 5,5 metros. Esta vez no es tres. El resto, vidrio sin límites. Mi conciencia se eleva bien despierta. Lo he conseguido, lo he conseguido.

Tú propósito se deshace. Y subes a la cima para tirarte a la llaga. Puedes hacerlo. Ya tienes el proyecto. Lo has conseguido. Sabes que el pájaro amarillo ahora duerme para siempre, y yo estoy abrumada por la escala. Pero me creo. Ya no soy más solitaria. Quiero un abrazo. Pero los pájaros no abrazan. Quiero sentir. La casa está hecha. Un círculo que abre al sur hasta que mi corazón no pueda aguantar más.

Tres corazones más dentro de él. Uno para las noches. Teresa y su familia tienen que dormir. Otro para el musgo pardo de la roca norte, solo para la conexión con la tierra. Contemplación. Y el tercero central y vasto, ocho metros de diámetro. Es la madre que cuida y ordena el programa. Es un patio médula que se abre Fibonacci al sur para encontrar los pinos. Teresa elegirá su textura, su modo vital. Hablaremos de ello.








Posdata: Aunque algunos creemos que los pájaros amarillos no pueden dibujar, Teresa sabe que yo sí puedo. Ya no siento el suelo que piso así que me alejo y mientras lo hago el pájaro amarillo se lleva mi última pluma. La frágil, la sobria. ¿Qué importa? La creativa yace en el suelo de El abrazo. Ciudadana del mundo.



Virginia del Barco.





El cuento está inspirado en la canción “world citizen” del tributo a Ryuichi Sakamoto, Lim Giong-Walker. 




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Deja que entre el pájaro amarillo a bañarse conmigo. ¡Venga, déjale entrar!